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El lenguaje olvidado del tacto

  • 12 may
  • 2 min de lectura
espalda de un hombre

Este mes me he encontrado varias veces teniendo la misma conversación con diferentes clientes. Y no estábamos hablando de sexo; estábamos hablando del tacto. No del apretón de manos firme en una reunión de negocios, ni del abrazo rápido entre amigos, ni del roce accidental de hombros en una calle abarrotada. Estábamos hablando del tacto lento y atento. Ese tipo de contacto que no te pide nada a cambio, el tipo de contacto que le permite a tu cuerpo, por fin, exhalar.


Una de las primeras cosas que mucha gente nota durante un masaje es lo poderoso que puede ser el tacto suave. La mayoría asumimos que una mayor presión genera una relajación más profunda, y a veces es verdad. Sin embargo, hay algo único en el contacto suave y consciente: una mano apoyada suavemente en el hombro, las yemas de los dedos recorriendo lentamente la espalda, o una presencia tranquila que comunica seguridad sin necesidad de palabras. El sistema nervioso suele responder de inmediato: la respiración se hace más profunda, los músculos se aflojan y la conciencia regresa al cuerpo.


Creo que muchos hombres subestiman el hambre que tienen de esta experiencia. Nuestra cultura les ofrece muy pocas oportunidades para recibir un contacto que nutra. Muchos pasan semanas, meses o incluso años sin recibir un contacto físico afectuoso, atento y libre de expectativas. Así, el tacto termina asociándose siempre al rendimiento, al sexo, al logro o a tener que demostrar algo.


Y aun así, el cuerpo parece recordar algo mucho más antiguo y sencillo. Somos criaturas sociales, somos mamíferos. Mucho antes de aprender el lenguaje, aprendimos el tacto. Una mano en el brazo puede comunicar seguridad; un abrazo, pertenencia; una caricia suave, aceptación. Ninguna de estas experiencias es inherentemente sexual, aunque perfectamente pueden coexistir con la sexualidad.


Aquí es donde creo que mucha gente se confunde. La sensualidad y la sexualidad no son lo mismo. La sensualidad es la experiencia de estar plenamente presente en la sensación: el calor del sol en la piel, sentir el agua correr entre las manos, comerse un melocotón perfecto en verano o el roce de las yemas de los dedos en tu espalda. La sexualidad puede surgir de ese estado, pero no tiene por qué hacerlo.


A veces, lo que una persona anhela no es estimulación erótica en absoluto. A veces, lo único que busca es sentirse lo suficientemente segura como para ablandarse, para dejar de actuar, para dejar de sostenerlo todo y, simplemente, ser tocada y aceptada.


En un mundo que a menudo nos exige ser productivos, eficientes y autosuficientes, el tacto sigue siendo una de esas formas silenciosas que tenemos para recordar que somos humanos. Y tal vez por eso resulta tan poderoso: no porque nos dé algo nuevo, sino porque nos ayuda a recordar algo que el cuerpo nunca olvidó.

 
 
 

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