No necesitas estar sanado para hacer tantra
- Edu C

- 26 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Muchas personas se acercan al tantra o al trabajo erótico con una duda silenciosa. Hay interés, curiosidad, incluso deseo, pero también una sensación de no estar todavía “listos”. A menudo aparece en una frase sencilla, dicha casi con pudor:
«No creo que esté lo suficientemente sanado para este tipo de trabajo».
Escucho esto con mucha frecuencia, especialmente en personas que ya han hecho un recorrido profundo de introspección. Han leído, han reflexionado, han participado en talleres, quizá han pasado por terapia. Y aun así persiste la idea de que falta algo, de que hay un umbral que todavía no se ha cruzado, un nivel de plenitud al que hay que llegar antes de permitirse la intimidad.
Esta creencia tiene mucho que ver con cómo suele presentarse el tantra. A menudo aparece envuelto en un lenguaje místico, jerárquico, casi inaccesible, acompañado de imágenes de personas que parecen permanentemente abiertas, luminosas y libres de conflicto. El mensaje implícito es que el tantra es algo a lo que se llega después de sanar, no algo que pueda acompañarte mientras sigues siendo humano, vulnerable e incompleto.
Desde mi experiencia, esto está invertido.
El trabajo tántrico, cuando es encarnado y consciente, no va de estar sanado. Va de estar presente. No se trata de alcanzar estados elevados ni de tener capacidades especiales, sino de prestar atención a lo que ya está ocurriendo en tu cuerpo, en tu respiración, en tu deseo, momento a momento. Es aprender a quedarte con la sensación cuando sube, cuando baja, cuando descansa. Es permitir el contacto sin apresurarlo.
Muchas personas cargan también con otra duda, más corporal que espiritual. Junto al “no estoy suficientemente sanado” aparece el “no sé hacerlo bien”. Existe la creencia de que el tantra o la intimidad erótica requieren técnicas sexuales complejas, posturas elaboradas, una gran flexibilidad o una especie de virtuosismo erótico reservado a unos pocos. Solo esa idea ya es suficiente para que muchas personas se queden al margen, observando desde fuera, convencidas de que no están preparadas o de que no son suficientes.
Aquello que muchas personas llaman energía no es algo misterioso. Es una respiración que se profundiza. Es el abdomen que se relaja. Es una pausa antes del contacto. Es la diferencia entre forzar una sensación y permitir que aparezca. La energía surge de forma natural cuando la atención se posa en el cuerpo sin juicio ni exigencia.
Cuando se retira la presión de que tenga que suceder algo extraordinario, algo muy real empieza a emerger. La mirada se vuelve intensa porque no está actuada. El tacto se vuelve significativo porque escucha. El silencio se vuelve íntimo porque es compartido. No se invoca nada especial. No se representa ningún papel. La presencia hace el trabajo.
Muchas personas temen que la seguridad apague el deseo, que la lentitud o los límites lo hagan desaparecer. En realidad ocurre lo contrario. La seguridad permite que el deseo se muestre con honestidad. Cuando el sistema nervioso no está en alerta, la sensación puede profundizarse. Cuando no hay presión por rendir, la excitación encuentra su propio ritmo. Cuando existe permiso para parar, descansar o cambiar, el cuerpo suele abrirse más.
En la práctica, aquello que desde fuera parece avanzado no es el punto de partida. Cuando la seguridad y la presencia están establecidas, el deseo empieza a moverse por sí solo. Vuelve la curiosidad. Aparece el juego. Desde ahí, muchas personas comienzan a explorar el ritmo, la variación, el movimiento y la expresión, no porque estén intentando llegar a algo más, sino porque el cuerpo se siente lo suficientemente libre como para experimentar. Lo que parece sofisticado desde fuera suele ser simplemente el resultado de haberse quedado el tiempo suficiente en un espacio seguro, afinado y sin prisas para que la imaginación vuelva a despertar.
No necesitas estar sanado para vivir esto. De hecho, la intimidad es a menudo uno de los lugares donde la sanación continúa, no porque arregle nada, sino porque te permite experimentarte sin la exigencia constante de mejorarte o corregirte.
No necesitas llegar tranquilo, seguro o espiritualmente avanzado. Puedes llegar con dudas, con miedo, con deseo mezclado con inseguridad. El trabajo no te pide que trasciendas esos estados. Te invita a notarlos, a incluirlos y a permanecer presente mientras se mueven.
Algunos de los momentos más profundos que presencio en este trabajo son muy silenciosos. Tienen la forma de alguien que descubre que puede ir despacio sin perder conexión. De alguien que se da cuenta de que el deseo no necesita justificarse. De alguien que descansa dentro del contacto sin intentar convertirse en otra persona.
Eso no es místico.
Es profundamente humano.
Y no requiere estar sanado primero.
.jpeg)





Comentarios